Cuenta la tradición que hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía el príncipe Shiddartha.

Era muy feliz, rodeado de su familia y las personas que le querían.

Un día descubrió que el mundo estaba lleno de sufrimiento, y tomó la determinación de encontrar la solución.

Lo abandonó todo, decepcionando así a su familia y a su reino.

Tras muchos años de búsqueda, por fin alcanzó la iluminación, convirtiéndose en el Buda, el primer ser Iluminado.

Dicen que entonces se dirigió a un cementerio y recogió todo tipo de telas: las vendas que habían envuelto heridas, las ropas utilizadas por leprosos, los restos de sudarios,…

Lavó todo con cuidado y lo cosió con sus propias manos, haciéndose una túnica.

La primera prenda del Buda estaba hecha con trozos de tela que nadie quería.

Ésta historia nos enseña dos cosas:

La primera es que nadie se va de éste mundo sin llevarse su ración de dolor y sufrimiento.

La segunda es que toda persona que ha vivido y ha aprendido a construir su felicidad, lo ha hecho sacando partido de sus experiencias, de lo que ha vivido, sea agradable o no.

Cuando vemos una persona mayor que sonríe y disfruta de las pequeñas cosas de la vida, podemos estar seguros de que ha aprendido a dar la vuelta a esas vivencias que a todos se nos hacen desagradables.

Es más, tal vez la pureza y la armonía vaya en relación en cómo hemos aprendido a transformar nuestro dolor en dicha y fuerza.

Y en cómo hemos sabido renunciar a todo lo que no es necesario y entorpece nuestra felicidad.

Ya lo decía el Buda: La base del sufrimiento es el apego a todo lo que es innecesario.

Por eso es que cuenta la tradición que murió de viejo, acostado, rodeado de sus alumnos y con una sonrisa en los labios.

¿De qué objeto, pensamiento o sentimiento te puedes deshacer ahora mismo que impida que tú y quienes te rodean os sintáis mejor?

Ese es el primer paso de un viaje largo y dichoso.