Son las seis menos diez de la mañana. Hoy me reincorporo al trabajo después de un tiempo ausente. Es sábado. Comienzo el día dando gracias. Después de una ducha, vestirme y desayunar, salgo de casa. Subo al coche y escucho las noticias. Hoy saldrá el sol. Pienso en el día que tengo por delante. Cuarenta minutos más tarde llego al centro. Ficho y me pongo el uniforme.

 

La responsable de turno me comenta los cambios ocurridos en este periodo de ausencia, debido a la pandemia que sufrimos, conocida como COVID-19. Medidas de seguridad, protocolos de actuación, normas de conducta, etc. En la medida de lo posible, debemos evitar el contacto físico. Además del uniforma, utilizamos guantes de látex, pantallas protectoras y mascarillas homologadas. Evidentemente, estas medidas aun siendo necesarias dificultan enormemente nuestros movimientos en el trabajo, añadiendo más cansancio a la dureza del puesto.

 

Sin embargo, a la hora del desayuno y acompañado de la medicación que ha de tomar cada persona a mi cargo, sigo cortando la fruta a trocitos y procuro darle una forma diferente a fin de amenizar dicho desayuno. Algunas de estas personas debido al estado de su enfermedad no me conocen, pero sus ojos de alguna manera que no sé muy bien cómo explicar, me sonríen y recuerdan el tacto de mis manos cuando las acaricio. Y ellas entonan canciones de otra época. Un simple zer moduz? Cómo estás? o un “oso ondo” ( muy bien), son suficientes para provocar una sonrisa.

 

Así va transcurriendo el día, entre cambios de habitación, pañales, limpieza y preparación de más medicamentos y comidas. Evidentemente la espalda se va resintiendo, se queja en silencio unido al cansancio y al estrés que vivimos en este tiempo más deshumanizado pero al mediodía al finalizar la jornada de trabajo, vocacional desde el primer día, vuelvo a subir al coche, retomo el camino de vuelta a casa. Y sé que he cumplido con mi obligación y sobretodo con mi entrega y mi forma de ser. Así que me pongo las gafas de sol y sonrío.