Nos encontramos ante un umbral. El arte contemporáneo, en su estado más radical, ha dejado de representar para empezar a prototipar. Ya no se trata solo de pintar cuerpos, esculpir gestos o retratar lo humano, sino de imaginar nuevas ontologías posibles: seres liminales que ya no son solamente carne, ni enteramente máquina, sino una combinación de ambos. Cuerpos que vibran entre lo orgánico y lo digital, lo ancestral y lo artificial, lo deseante y lo programado.

Este desplazamiento estético y simbólico no es una mera moda ni una fantasía transhumanista. Es el eco artístico de un tiempo en mutación: un tiempo que ya no puede entender al cuerpo como unidad cerrada, sino como interfaz, red o dispositivo. Las obras de artistas como ORLAN, Stelarc, Lynn Hershman Leeson o Patricia Piccinini revelan esta tensión fundamental entre la herencia anatómica y las nuevas ficciones del ser.

En los lienzos, esculturas y pantallas de esta nueva vanguardia, el cuerpo se convierte en campo de batalla y de juego. Un rostro intervenido quirúrgicamente para parecerse a la Venus de Botticelli. Una performance donde el artista incrusta una oreja biónica en su brazo. Un holograma que simula respirar. Estas obras, lejos de la frialdad tecnológica que se les atribuye, abren espacios de ternura, de inquietud, de reflexión sobre la fragilidad del ser.

La categoría de lo posthumano surge así no como negación de la humanidad, sino como su expansión: un modo de pensar la carne desde el futuro, de imaginar cuerpos que integren la memoria de lo animal, lo robótico, lo virtual y lo simbólico. El arte se convierte en laboratorio de posibilidades: no para ilustrar futuros, sino para ensayarlos.

La filósofa Rosi Braidotti ha planteado que el sujeto posthumano no niega lo humano, sino que se desidentifica de su centralidad ontológica. En este sentido, el arte posthumano no es ciencia ficción ni distopía visual, sino una práctica crítica que nos obliga a pensar qué cuerpos son habitables, visibles y narrables en el siglo XXI. Se problematiza el género, la carne, la identidad, pero también la ternura, la herida y el deseo.

Esta sensibilidad encuentra su expansión natural en los medios digitales: instalaciones inmersivas, entornos de realidad aumentada, retratos generados por inteligencia artificial que interpelan nuestros algoritmos internos. Cada obra es también una pregunta: ¿Quién seremos cuando el cuerpo deje de ser frontera?

Así, en la frontera entre lo humano y lo posthumano, el arte no ofrece respuestas cerradas. Ofrece cuerpos: cuerpos imposibles, abiertos, múltiples. Cuerpos que sienten, resisten y se reescriben. Cuerpos que, como en un mito futuro, nos devuelven el derecho a imaginar otros modos de habitar el mundo.

 

Para saber más:

  • Bastardés, E. U. (2018). Braidotti, R.(2015): «Lo Posthumano», Barcelona, Gedisa. 253 pp. Politica y Sociedad55(1), 330.
  • Castellanos, D. A. H. (2020). “Wearable, e-cuerpo y nuevas subjetividades: Ensayo sobre la onto-tecno-génesis del presente1”. Ediciones Navarra. La silicolonización de la subjetividad: reflexiones en la nube(pp. 21-36).
  • Balcarce, G. (2020). “Modos posthumanos de la subjetividad y el ser-con-otrxs”.

 

🎥 Referencias audiovisuales y digitales: