Hubo un tiempo en que las olas del Cantábrico susurraban en diferentes idiomas. Era el eco de sombrillas de encaje, de corsés bajo vestidos de organdí, del murmullo de conversaciones refinadas en los salones del Gran Casino. La Belle Époque llegó a Donostia con la elegancia de quienes venían a huir del rigor de la Corte y a encontrar, entre la bruma atlántica, el bienestar de sus balnearios y de los baños de mar. Aún hoy, a pesar de la distancia, cuando el verano asoma por la bahía de La Concha, parece que aquel tiempo suspendido quisiera revivir.
Fue Isabel II quien primero eligió San Sebastián como lugar de baños en 1845, pero sería la regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, a partir de 1887, quien consolidaría la costumbre veraniega de la aristocracia española en esta villa norteña. La Reina Madre estableció su residencia estival en el Palacio de Miramar, encaramado sobre la loma que divide las playas de La Concha y Ondarreta, y con ello convirtió la ciudad en corte de verano, en vitrina de la alta sociedad europea.
A partir de entonces, San Sebastián fue mucho más que un refugio sanitario de aguas templadas y aire saludable: se convirtió en escenario de representación social. Las damas desfilaban por los salones del Hotel María Cristina, los caballeros probaban fortuna en el Gran Casino (hoy, Ayuntamiento), y las tardes se alargaban con conciertos, regatas y valses. A ella acudieron personajes ilustres como La Reina Victoria de Inglaterra, Toulouse-Lautrec, Azorín, Sorolla, Baroja, Buster Keaton y Josephine Baker entre otros.
El veraneo se transformó en una forma de arte: las clases altas desfilaban por el Paseo de La Concha mientras arquitectos como Ramón Cortázar y José Goicoa dotaban a la ciudad de un aire cosmopolita, con influencias francesas e inglesas. Fue una época en la que San Sebastián era un centro internacional, respiraba ópera y se peinaba de modernidad. La Belle Époque donostiarra fue, así, una estación dorada entre dos siglos, un paréntesis de placer antes de las tormentas políticas que asolarían Europa. En los alocados años veinte, la ciudad recuperó su prestigio pero aparecieron nuevas tendencias sociales y culturales.
Aunque las guerras y el cambio de siglo borraron algunos rostros y disolvieron costumbres, la memoria de aquel verano perpetuo persiste. Hoy, cuando uno pasea por los jardines del Alderdi Eder o se sienta frente a una copa en el vestíbulo del Hotel Londres acompañado de una música sugerente, se respira algo de aquel ambiente: el gusto por lo cuidado, por la búsqueda de serenidad y belleza…
El veraneo actual ha cambiado de piel, pero no del todo de alma. El turismo internacional, los festivales de cine y jazz, y la gastronomía de vanguardia han reemplazado al vals y al champán – sin duda la masificación y la rapidez contemporánea también han sustituido a la calma y a la elegancia – pero en el fondo siguen activando el mismo deseo: contemplar la bahía desde la barandilla, detener el tiempo, vivir como si se tratara de un verano interminable.
Donostia, nostálgica, intenta no olvidar el eco elegante de otro tiempo.
Para saber más:
- Díaz Herrera, A. (2008). La reina María Cristina. Madrid: La Esfera de los Libros.
- Olabe, J. (2017). San Sebastián, Belle époque y otras historias. Ed. Itsasgoraedizioak.
📺 YouTube: Canal de eitb. San Sebastián se convirtió en la estación de veraneo de la realeza en el siglo IXX. https://www.youtube.com/watch?v=ql_oLPdhLzE




