En la remota quietud de los valles asturianos y sobre las suaves elevaciones que perfilan su geografía, algunas iglesias visigodas sobreviven como huellas primeras de una cristiandad hispánica aún en construcción. Estos templos, escasos y fragmentarios, condensan en su arquitectura la tensión entre continuidad y fractura que marcó el final del mundo romano y los albores de la Edad Media.

Erigidas entre los siglos VII y comienzos del VIII, estas iglesias constituyen los escasos vestigios de un arte visigodo occidental que en el norte peninsular apenas tuvo el tiempo necesario para afirmarse plenamente antes del avance musulmán. En el caso asturiano, construcciones como la iglesia de Santa Cruz de Cangas de Onís —levantada hacia el año 737 sobre un dolmen precristiano— o los restos de San Vicente del Condado, permiten entrever un lenguaje arquitectónico que conjuga elementos heredados del Imperio romano tardío (arcos de herradura, muros de mampostería, cubiertas de madera) con signos de una nueva espiritualidad en formación y que constituyen un precedente del prerrománico asturiano y un periodo de transición entre éste y el arte visigodo.

A diferencias de otras iglesias visigodas de la península y de la suntuosidad de los templos situados en lugares claves como Toledo, Mérida o Córdoba, nos encontramos modelos menos decorados, alejados de la influencia bizantina y donde se refleja un culto más sencillo.

Estos templos ya no responden a una liturgia herética arriana, sino que se inscriben plenamente en el rito hispano-visigodo, expresión autóctona de la ortodoxia cristiana. En ellas, el espacio litúrgico se articula en torno a una celda tripartita con cabeceras rectangulares seguidas por una nave única, a menudo precedida por pórticos o cámaras laterales que refuerzan el sentido de sacralidad y protección.

No hay aquí monumentalidad ni ostentación decorativa, sino un ascetismo deliberado que refuerza la idea de permanencia espiritual en un contexto de incertidumbre política y religiosa. No será sino más tarde cuando esta disposición tripartita anticipará soluciones que serán adaptadas en el rito hispano-mozárabe, ya que en algunos casos se usaban canceles o celosías bajas de piedra (iconostasis rudimentarios) para marcar la separación entre lo sagrado y lo laico, pero que preservaban la sacralidad del presbiterio sin aislarlo del pueblo fiel. Por desgracia, no existe un modelo en la actualidad de esa época, pero nos podemos hacer idea de como eran al contemplar el sistema de cancelas de Santa Cristina de Lena, ya del siglo IX.

Aunque muchas de estas iglesias fueron modificadas o reconstruidas en época prerrománica asturiana, su valor reside no solo en lo que muestran, sino en lo que evocan: una topografía de lo sagrado que vincula paisaje, memoria y resiliencia. Su permanencia sugiere que, incluso en los márgenes, la fe cristiana encontró en la piedra el modo de habitar el tiempo.

 

Para saber más:

  • CABALLERO ZOREDA, L. “La arquitectura visigoda en España.” Archivo Español de Arqueología, n.º 54, 1981, pp. 69–101.
  • TORVISO, I. G. Arte prerrománico hispano. Madrid: Alianza Editorial, 2001.
  • 📺 «El Arte Visigodo» – Canal UNED https://www.youtube.com/watch?v=ZdaZ0FcK8o4