Hay veces en las que escribir un artículo es un auténtico honor.

Y ésta es una de esas veces.

A petición de una de nuestras lectoras, hoy os hablaremos del “viejo maestro”, también conocido como “El Maestro de Varsovia”.

Janusz Korzak (de nombre original Henrik Goldsmitz) era judío y polaco, además de pediatra, pedagogo y escritor de gran fama.

Tenía todo a su favor para hacer una carrera de gran éxito y fortuna, pero acabó renunciando a todo para dedicarse a sus orfanatos.

Consagró su vida a los niños, educando a la sociedad en la  idea de que merecían respeto.

Sus libros “Cómo hay que amar a un niño” y “El rey Matías” fueron lo que hoy llamaríamos Best-Sellers y se tradujeron a veintisiete idiomas.

También tenía un programa de radio (“Charlas con el viejo doctor”) para difundir su mensaje.

Cuando estaba en lo más alto de su fama, abandonó su carrera y fundó un orfanato.

Éste se convirtió en un referente para la educación en respeto, democracia y participación.

Pero no es por todo esto por lo que es recordado.

En Polonia se le recuerda no solo porque estuvo en el gueto de Varsovia, como tantos y tantos judíos polacos.

Se le recuerda porque, pudiendo haberse librado gracias a su fama internaciona, no quiso hacerlo. Prefirió entrar en el Guetto para poder cuidar a sus huérfanos.

Durante su estancia educó, consoló e hizo reír a sus chicos.

Al final, los Nazis decidieron exterminar a los niños, y el Maestro lo sabía.

Dijo a los niños que se vistieran sus mejores ropas y que cogieran sus juguetes, porque iban a ir a “un lugar maravilloso”.

Cuentan los testigos que cuando salieron del Gueto, iban en fila, cantando, con el Maestro a la cabeza, cogiendo de la mano a un niño.

Cuando un oficial de las SS le dijo que no era necesario que él fuera, el Maestro, coherente hasta el final, contestó: “Si mis niños van, yo voy”.

Sencillamente, no concebía hacer otra cosa.

Como él solía decir: “El sufrimiento de los pequeños no es un sufrimiento pequeño”.

Y así murió, en el campo de exterminio de Treblinka.

Hoy nos queda su recuerdo, un ejemplo en el que todos los educadores deberíamos querer reflejarnos.

El de un hombre que repetía una y otra vez “Es inadmisible dejar el mundo tal y como lo encontramos”.

Nuestro recuerdo está con usted, Maestro, esté donde esté.