Hay viajes en los que buscamos una obra de arte y otros en los que es ella la que parece encontrarnos.

Llegamos a Santa María de Nogueira de Miño recorriendo esa Ribeira Sacra donde el paisaje tiene algo de naturaleza todavía indómita. Entre viñedos, piedra y silencio, nos esperaba una pequeña iglesia de origen románico que, desde el exterior, apenas permite imaginar lo que guarda dentro.

Basta cruzar la puerta para que todo cambie. Los muros hablan.

Sus pinturas religiosas, realizadas en diferentes momentos entre finales de la Edad Media y el siglo XVI, sorprenden por la libertad y singularidad de algunas de sus soluciones. Estamos en una época en la que la imagen poseía un enorme poder y la vigilancia sobre las representaciones religiosas se intensificaba en la España de la Contrarreforma. Quizá por ello resulta todavía más fascinante encontrar aquí una pintura capaz de apartarse, en ciertos aspectos, de lo convencional.

Y detrás del arte aparece también el poder. La tradición e interpretación local ha relacionado algunas de las figuras representadas con los condes de Lemos, vinculados al patronazgo de la iglesia: el conde y su esposa habrían prestado sus rostros a personajes religiosos. Una posibilidad que me resulta especialmente sugerente, porque convierte el muro sagrado en un lugar donde se encuentran devoción, poder y deseo de permanecer.

Pero hubo algo más que me emocionó durante nuestra visita.

Santa María de Nogueira no es únicamente un monumento conservado por las instituciones. En el pueblo existe una asociación que se preocupa por su iglesia, por su conservación y por transmitir su historia a quienes llegan hasta allí, de forma gratuita, solicitando, sí se quiere, un donativo voluntario destinado a contribuir a la conservación de la iglesia. Me gusta especialmente esta forma de entender el patrimonio: no como algo inmóvil que pertenece al pasado, sino como una herencia que necesita personas dispuestas a cuidarla.

Quizá por eso recuerdo esta visita de una manera especial.

Viajo porque me gusta descubrir lugares, pero, sobre todo, porque necesito encontrar las huellas que otros dejaron antes que nosotros. A veces están en los grandes museos. Otras esperan en una pequeña iglesia gallega, entre viñedos y silencio.

Y entonces comprendemos que viajar por el arte no consiste solamente en visitar el pasado.

Consiste en descubrir que todavía está vivo.

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