“ El hombre es capaz de lo mejor y de lo peor” . Cormac Mcarthy
UNA HISTORIA EPICA DE ALASKA
Estamos en el año 1925. Nome es una pequeña población situada en la costa Oeste de Alaska, en el mar de Bering. Fundada sobre el comercio de pieles y oro, por estas fechas cuenta con 10.000 almas y 9.000 asentadas en los aledaños
Su localización remota, aislada entre un mar helado y un terreno abrupto y salvaje, presentaría una situación de pesadilla, cuando el médico de la población Curtis Welch, detectó un brote de difteria en los niños de la localidad. Dos de ellos murieron en diciembre de ese año y otros cuatro para el mes siguiente. Nunca se pudo evaluar los fallecidos en la periferia.
Las antitoxinas del pequeño hospital de la ciudad habían caducado y tuvo que solicitar a las autoridades de Washington que le enviaran un millón de unidades para paliar la catástrofe humanitaria que se preveía. El dilema que se presentó era como hacerlas llegar a Nome. Ese año el invierno estaba siendo especialmente duro, con temperaturas de -35 grados bajo cero y sensaciones térmicas de -65 y para añadir dramatismo al panorama, se esperaba una gigantesca tormenta de nieve y viento que afectaría la zona. El punto más cercano y accesible dónde depositar los viales de antitoxina era Nenama, distante 1085km de Nome. El transporte convencional era inviable con el Mar de Bering helado y las avionetas disponibles por esa época con cabina al descubierto.
LA GRAN CARRERA DE LA MISERICORDIA O LA CARRERA DEL SUERO
Ante esta coyuntura tan adversa, el 16 de Enero de 1926, las autoridades de la ciudad encargaron al musher ( conductor de perros de trineo ) de origen Noruego Leonhard Seppala, que liderara un plan de transporte de la vacuna. Se efectuó un llamamiento de auxilio y respondieron al requerimiento 20 musher y 150 perros de trineo de toda Alaska. Desde Nenama parten los viales y 17 mushers se van relevando hasta Shaktoolik, donde entregan la antitoxina a Seppala. El Noruego y su perro guía Togo, efectuaran el recorrido más duro y peligroso del trayecto. Tendrán que enfrentar dos veces el estrecho de Norton Sound, cuyo sobrenombre produce escalofríos: la fabrica de hielo, entre vientos intensos, sin visibilidad y bloques de hielo que amenazan resquebrajarse bajo sus pies; remontar una cresta de 1500m y cruzar la montaña Little McKinley. En tres días angustiosos y sin descanso recorren 420km. Finalmente el agotamiento del equipo le obligó a parar en Golovin ( faltaban 125km para llegar a su destino ) dónde pasó el relevo a Charlie Olsen y este por su parte y faltando 50km para finalización del trayecto se lo entregó a Gunner Kaasen , que culmaría el último tramo del recorrido con su equipo de trece perros liderados por Balto. El suero llegó a Nome el 15 de Febrero de 1926. La proeza se completó en 5 días, cuando en circunstancias normales se precisaban 27días. Murieron varios perros durante la travesía pero la impresionante hazaña salvó la vida de cientos de personas.
Quiso la avidez de los periodistas por destacar un protagonista que eligieran a Kaasen y su perro guía Balto, cómo los héroes de la aventura, olvidando a Seppala y a Togo y a todos los otros musher que hicieron posible esta heroicidad. En justicia todos, sin excepción, fueron partícipes de una de las epopeyas más hermosas que se recuerdan en las tierras de Alaska.
SEPPALA Y TOGO, DOS INADAPTADOS, DOS HEROES
Leonhard Seppala. Era un inmigrante Noruego llegado a Alaska atraído por la fiebre del oro. Decepcionado y cansado en la búsqueda del preciado metal, se dedicó a la cría de huskyn siberianos. Encontró su lugar adiestrando a sus querido perros.
Togo. Llamado así en memoria del almirante jápones Heiachiro Togo. De complexión menuda, no llegó a pesar más de 22k en su edad adulta, en principio no parecía tener potencial cómo perro de trineo. Fué un cachorro audaz, travieso y ruidoso, Seppala lo consideraba un perro difícil. Siempre causando problemas lo regaló como mascota pero escapó y regresó a su antigua perrera. Esta osadía impresionó a su dueño y nunca se volvió a desprender de él. Cuando contaba con 8 meses de edad, después de seguir el trineo de sus compañeros e incordiarlos, su dueño tomó la decisión de engancharlo junto a ellos. Para su estupor el perro se tranquilizó y comenzó a colaborar con el grupo; al final del día después de recorrer 75 millas ( algo inaúdito para un cahorro ) había conseguido llegar a compartir la posición de guía junto al perro líder del tiro. Desde ese momento, Leonhard y Togo, se volverían inseparables y recorrerían miles de millas por las tierras de Alaska. Seppala llegó a decir de Togo “ que era el mejor perro que jamás alla recorrido los senderos de Alaska ”
A su muerte fue nombrado y elogiado por la prensa del momento. Se hizo justicia.
UNA CONSIDERACION PERSONAL
Este excepcional episodio, me exhorta a dos reflexiones. Por un lado la lección que nos brinda la de un espíritu que fué rechazado, invalidado, Togo, que supo enfrentar la adversidad y demostrar su extraordinario talento. La conducta humana se torna despiadada y se equivoca en demasiadas ocasiones, con aquellas criaturas que no se atienen a los cánones establecidos. Son los raros, los singulares, los inusuales; especímenes en los que no reconocemos sus peculiaridades y los abocamos al rechazo, a la marginación, a la incomprensión.
Y mi segunda reflexión, versa sobre el fascinante testimonio de sujetos que demostraron una dignidad y generosidad merecedora de elogio; arriesgando sus vidas, anteponiendo el bien comunitario a su propio bien personal. Seres anónimos ( animales y humanos ) que escribieron una parte noble de la historia en un lugar remoto del mundo. Seres que son acreedores de mi más profundo respeto.




