No me refiero a la muerte en su sentido literal, sino a una muerte intelectual: dejar de
pensar, reflexionar, soñar, crear y progresar.
Son habilidades que nos hacen únicos como seres humanos, pero que estamos
dejando cada vez más de lado debido al avance de la tecnología: los móviles, los
portátiles, la televisión, los ordenadores, las redes sociales y la inteligencia artificial.
Nuestro deseo es que todo se haga rápidamente, que nuestros estímulos aumenten en
todos los sentidos y que podamos experimentar el placer del poder sin tener que
movernos. Pero ¿y si te dijera que esa negación del esfuerzo nos está volviendo
obsoletos?
Piensa en aquella vez en la que te pusiste a hacer scroll para encontrar vídeos hechos a
tu medida. No moviste prácticamente el cuerpo y, poco a poco, perdiste incluso la
noción del tiempo. Llegaste a pasar el día entero sin mejorar en ningún aspecto, ni
físico ni mental. Acumulas hábitos que te dificultan aprovechar las oportunidades que
te ofrece el mundo y te aíslan tanto de la naturaleza como de los demás seres
humanos.
Esto nos conduce a una forma de inexistencia en el sentido práctico de la palabra: una
vida en la que apenas aprovechamos nuestras capacidades. Podemos llegar a
convertirnos en prisioneros de un mecanismo que explota nuestro deseo de placer y
debilita nuestro autocontrol.
La solución es sencilla, pero dolorosa: hay que aprender a aburrirse. Hay que dejar de
tener todo lo que deseamos al alcance de la mano y volver a poner nuestro esfuerzo al
servicio de la mejora personal. Y, sobre todo, debemos aprender a aprovechar esta
vida limitada que Dios, por fortuna, nos ha concedido.
Un pensador como Descartes formuló esta frase, cuya profundidad a menudo
ignoramos: «Cogito, ergo sum». Su significado va más allá de una simple afirmación
sobre nuestra existencia. Nos invita a reflexionar sobre aquello que nos constituye
como seres humanos y que nos ha acompañado a lo largo de las generaciones.
Gracias a nuestra capacidad de pensar, imaginar y actuar, hemos descubierto
continentes, surcado mares, desarrollado nuevas competencias y contribuido a
construir un futuro mejor.
Por eso, debemos preguntarnos qué estamos haciendo con nuestras propias
capacidades. ¿Estamos utilizando la tecnología para crecer o estamos permitiendo que
crezca a costa de nosotros mismos?
La vida es limitada. No la desperdiciemos esperando que todo nos proporcione placer
inmediato. Atrevámonos a pensar, a esforzarnos, a descubrir y a vivir.
Que, cuando llegue el momento de mirar atrás, podamos recordar esta vida y decir
que hicimos todo lo que pudimos, que aprendimos, que progresamos y, sobre todo,
que disfrutamos del camino.
En conclusión, no rechacéis para siempre aquello que puede ayudaros. Sin embargo,
tomad el control y utilizadlo con moderación, de manera que podáis hacer algo de lo
que no os arrepintáis y que os aporte felicidad.
Queridos lectores, aquí nos despedimos. Os dejo con una pregunta para la próxima vez
que estéis disfrutando de vuestro tiempo libre o trabajando con estas herramientas:
¿Estoy pensando por mí mismo o me estoy convirtiendo en prisionero de la
inteligencia?




